Subditos de Sol

Capitulos

Prólogo
Capitulo 1
  1. Jzhero
  2. Adnis
  3. Glotus
  4. Pnem
  5. Maskus
  6. Argos
  7. La primera llamada
  8. El nacimiento del culto
  9. Los primeros seres
Capitulo 2

PRÓLOGO: ANTES DE TODO

Antes de cualquier luz, sonido o pensamiento, Ella ya existía. No tenía forma ni intención; simplemente era. No había espacio, tiempo ni vacío a su alrededor: solo un estado indefinido que no podía contenerla.

Su presencia, demasiado grande para ese no-espacio, provocó la primera ruptura. Sin decisión ni propósito, esa fractura originó movimiento, espacio y tiempo. Así nació el universo: una reacción natural ante lo Absoluto.

A partir de ese momento, el cosmos comenzó a formarse. Las estrellas, mundos y leyes surgieron intentando organizar lo inmenso que acababa de existir. Ella no intervino; no miró ni actuó. Pero todo lo que nació fue, de alguna forma, un reflejo involuntario de su existencia.

El no-espacio se abrió, el no-tiempo empezó a fluir y la energía se manifestó.

Era pequeño y frágil, pero mostró algo distinto: vida en formación, sus mares se agitaban, sus minerales se organizaban y su superficie buscaba estabilidad, por primera vez, ella se detuvo, un instante bastó para despertar algo profundo en el planeta. El mundo tembló desde su núcleo y, sin intención ni diseño, creó a sus primeros hijos: los primeros seres elevados, los gigantes que serían testigos del nacimiento del cosmos.

CAPÍTULO I: LA CREACIÓN DE LOS SEIS APÓSTOLES

El Mundo Primigenio, aún joven y vasto, percibió una mirada que no provenía de nada que él conociera, no era una estrella, ni un espíritu, ni un dios: era aquello que existía antes de que existiera la existencia misma.

La tierra no supo nombrarla, los seres que nacerían después tampoco, Solo sintieron su presencia: un resplandor que no iluminaba superficies, sino conciencias.

Aquella luz no cayó sobre el mundo, lo atravesó.

Penetró hasta su alma mineral, hasta su pulso en reposo, y el planeta —antes silencioso— respondió con un latido, Un pulso tectónico, un estremecimiento profundo, como una exhalación que ascendió desde las raíces hasta las cumbres recién nacidas.

De ese latido surgieron ellos.

No eran espíritus, tampoco dioses ni criaturas, ni siquiera vida tal como después se conocería.

Eran voluntades puras, encarnaciones conscientes de las fuerzas primarias del mundo, los primeros ecos del orden, la reacción natural del planeta ante la presencia de lo incontenible.

Aquel Ser —ella— dejó solo un rastro perceptible, apenas un eco luminoso, y como ese resplandor les recordaba instintivamente al astro mayor del cielo, la llamaron “Diosa Sol”, no porque supieran quién era, sino porque lo desconocido exigía un nombre.

Así surgieron los Seis Apóstoles, los primeros hijos no de carne, sino de propósito.

Jzhero — El primero

El Nacido de la Oscuridad Antes de la Vida

Antes de que el mundo pudiera soñar con la luz, antes incluso de que pudiera imaginar una forma, existía la Oscuridad Primordial.

No era maldad, tampoco era vacío, era un estado anterior al tiempo, anterior al orden, anterior al concepto mismo de “existir”, una sustancia sin nombre que observaba sin ojos, que latía sin corazón, que aguardaba sin propósito.

Cuando la Presencia —Aquella a quien luego llamarían “Diosa Sol”— atravesó el planeta, su resplandor no iluminó nada, despertó a la oscuridad, y la oscuridad respondió.

En lo más profundo de la tierra, donde nada tenía forma y el silencio era tan perfecto que parecía devorar cualquier vibración, una grieta apareció.

No rompió la piedra ni expulsó polvo, tampoco generó sonido, simplemente fue, como si la realidad hubiera recordado que también podía dividirse, y de ella surgió JZhero; no caminó hacia afuera, tampoco se alzó, simplemente estaba allí, como si hubiera sido pensado por el mundo y luego materializado, no era tiniebla, era la intención de la tiniebla manifestada.

Su silueta no bloqueaba la luz, la absorbía, la interpretaba, la devolvía convertida en significado.

En su despertar, el mundo tembló apenas por primera vez, y nacieron las Cuevas Primigenias, un laberinto sin fin cuyas paredes aún vibran con la energía de su nacimiento, un recordatorio de que incluso la oscuridad puede tomar forma… si se le pide que despierte.

El instinto que ningún otro heredó

Los demás apóstoles, con el tiempo, revelarían virtudes, habilidades, dones.

Pero Jzhero nació con algo distinto, algo que no pertenecía a la esencia de un guardián ni de un creador: Poseía una curiosidad absoluta, su existencia no buscaba justicia. no buscaba equilibrio, ni siquiera quería bondad ni destrucción.

Buscaba comprender, Y para comprender, hacía lo que ningún otro se atrevería: Separaba lo esencial de lo superficial, doblaba las sombras para desentrañar cómo se comportaban, observaba la vida sin apego, disecaba fenómenos, desarmaba estructuras, rompía y reconstruía realidades menores solo para conocer sus límites.

realidades menores solo para conocer sus límites. Para él nada era sagrado, Nada era intocable, No había algo demasiado pequeño o demasiado grande para ser una pregunta, la vida y la muerte no le provocaban emociones, solo eran estados que necesitaban ser entendidos, y la existencia misma era el misterio mayor.

Esta desconexión profunda con la vida —esa incapacidad para distinguir entre lo que respira y lo que no— lo volvió un ser inquietante, no porque fuese cruel, sino porque no sabía qué era la crueldad, su mente era pura lógica primordial, Y sin embargo…

El poder que todos compartían, el dominio que solo él comprendía

El poder de los apóstoles era igual en magnitud, distinto en esencia, todos podían aprender a controlar la oscuridad si lo deseaban, cualquiera de ellos podía manipular su fuerza.

Pero solo Jzhero podía darle forma coherente, Porque él no controlaba la oscuridad: era la oscuridad tratando de entenderse a sí misma a través de él.

Sus sombras no eran sombras físicas, eran conceptos: la idea del “dentro”, del “oculto”, del “profundo”, del “primero”. Y quien intenta imitar sus poderes solo puede reproducir efectos… nunca su significado

JZhero era parte del mundo más profundamente que cualquiera de sus hermanos. No nació sobre la tierra, nació dentro de ella, desde la capa más antigua del planeta. Era el eco consciente del primer latido tectónico. Pero aquello que lo unía al mundo lo separaba de la vida, La vida es movimiento, cambio, emoción, caos, pero él provenía del estado previo al movimiento, previo al cambio, previo al caos.

Para él, la vida era una anomalía fascinante, algo que debía observarse sin intervenir, a menos que una intervención pudiera revelar un secreto.

Esa falta de conexión emocional lo hacía parecer distante, No era frialdad, Era incapacidad Como un instrumento demasiado preciso para medir el calor del corazón.

La frase a Adnis

Cuando Adnis nació —orden solidificado, ley encarnada—, JZhero lo observó con el mismo interés con que observa un fenómeno nuevo. pero algo distinto ocurrió.

Por primera vez, JZhero comprendió algo sin necesidad de experimentarlo, comprendió que Adnis no era su opuesto, Era la consecuencia lógica de su existencia, Del caos nace el orden, como de la oscuridad nace la forma. Por eso, cuando lo miró, dijo sin hablar, sin mover los labios, sin emitir sonido: “El orden siempre llega después del caos, Algunos nacen para provocar, Otros, para estabilizar”. No era un juicio ni una enseñanza, era una observación absoluta. Y en esa frase, Adnis comprendió algo que ningún otro apóstol entendería tan rápido: JZhero sabía por qué había nacido, Pero también sabía por qué todos los demás habían sido creados.

Adnis — El soberano del hielo que ordena

Nacido en la primera aurora del mundo

Cuando JZhero, el Primero, abrió los ojos en la oscuridad primordial, el mundo se estremeció. Su aparición reveló que la nada también podía tener voluntad. Pero una fuerza recién nacida, incluso divina, proyecta una sombra demasiado grande si no existe algo que le dé forma. El mundo —aún torpe, aún niño— reaccionó, no con luz, no con calor, sino con estructura.

En el extremo del planeta donde jamás había llegado un rayo, en las cumbres que ni siquiera podían llamarse montañas, una vibración descendió desde el firmamento: una línea blanca, un trazo como de un pincel celeste, cruzó la atmósfera y besó la superficie helada del mundo, no era una estrella ni tampoco fuego, era intención pura. Y el hielo habló, no en palabras, sino en forma.

Allí nació Adnis, no emergió como criatura, ni como espíritu, ni como sombra, el hielo se levantó como un pilar perfecto, luego se abrió como un cristal al amanecer, y de su interior caminó una figura que no emitía calor ni frío, Porque Adnis no era temperatura, era definición.

El hielo de Adnis era una paradoja viva, no pertenecía al mundo físico, aunque lo moldeaba, era una fuerza conceptual: la ley del límite, que podía quemar como fuego blanco, sanar como un bálsamo antiguo, solidificar incluso el sonido, devolver forma a lo deshecho, separar lo impuro de lo esencial,arrebatar el calor de un volcán sin destruirlo, o suspender el tiempo dentro de una escama cristalina.

Cada gesto suyo creaba una nueva regla, cada respiración trazaba una frontera, y el mundo reconoció en él su primera estructura.

Las tierras donde nació —las que más tarde se llamarían Montañas de la Aurora— quedaron impregnadas de hielo eterno: hielo que no se derrite con fuego, ni cede ante magia, ni cambia con el paso de los siglos.

Ningún apóstol entendía a la Diosa Sol, ni siquiera Adnis. La “presencia” que los había despertado era incognoscible, demasiado vasta para ser comprendida, pero cuando Adnis caminó por primera vez sobre el mundo, una vibración invisible recorrió el aire: Una resonancia.

No era un vínculo, tampoco un contrato, era algo más profundo y más desconcertante: una compatibilidad. Como si una parte del resplandor que atravesó el planeta —no su luz, sino su intención— hubiera encontrado en Adnis un reflejo, un eco, una posible forma, una armonía silenciosa.

Incluso Jzhero, nacido de la oscuridad sin forma, sintió aquello, pero no lo celó, solo lo reconoció. Una vez, sin palabras, lo dijo: “El orden siempre llega después del caos, algunos nacen para provocar, otros, para estabilizar.” Así comprendieron los apóstoles que Adnis no tenía autoridad, la encarnaba.

El líder involuntario

Adnis nunca pidió ser seguido, nunca intentó mandar. pero cuando los apóstoles despertaron en sus respectivos rincones del mundo, cuando caminaron hacia su origen, cuando midieron fuerzas por simple curiosidad de existencia…

Todos —el oscuro JZhero, el inmenso Glotus, el luminoso Pnem, el ardiente Maskus y el misterioso Argos— sintieron lo mismo: Adnis era el centro, el eje, el punto de equilibrio. Donde él estaba, el caos se organizaba, cuando él hablaba, hasta el silencio adquiría estructura, su presencia armonizaba tensiones que podrían haber fracturado el mundo recién nacido.

Y así, sin designación, sin ceremonia, sin discusión, todos lo aceptaron como líder.

No porque fuera el más fuerte, en fuerza eran iguales, sino, porque era el único capaz de unirlos sin imponer nada, era un liderazgo imposible de desafiar precisamente porque no estaba sostenido por poder, sino por esencia.

Cada apóstol aprendió con el tiempo, a manejar las fuerzas de los demás, así lo exigía la naturaleza de su existencia: eran ecos de un principio compartido.

Pero lo que Adnis creaba no era hielo físico, era hielo primordial.

Los otros podían imitarlo, lo podían reproducir, pero no podían comprenderlo ni usarlo con la misma habilidad y fluidez, porque el hielo de Adnis no respondía a la magia, ni a la energía, tampoco al clima, respondía al propósito, y ningún otro apóstol podía darle a ese hielo el mismo propósito que él.

Glotus — El inmenso

El que surgió del centro perfecto del Mundo, padre de la Magia.

Cuando la oscuridad ya tenía un nombre, y el orden ya tenía un dueño, el mundo —joven, indeciso, expectante— recordó un principio que aún no había manifestado: la posibilidad.

La oscuridad mostraba lo que era, el hielo mostraba lo que debía ser, pero el mundo necesitaba algo que revelara lo que podía llegar a ser: y entonces, el corazón del planeta latió por primera vez.

No fue un temblor ni un estruendo, fue una pulsación profunda, silenciosa, como si el mundo exhalara una idea que había retenido desde sus primeros segundos de existencia.

En lo más profundo del planeta, donde el magma no fluye; respira, un lugar donde la presión no aplasta; moldea, allí no existe arriba ni abajo, solo un centro absoluto. Allí, un cráter abisal se iluminó desde adentro: la roca líquida comenzó a girar siguiendo patrones que no pertenecían a ninguna geometría conocida, figuras imposibles, simbolismos sin autor, runas que aún no existían.

Entonces, ocurrió lo indescriptible: una erupción sin fuego, como un géiser sin calor. un estallido que no provocó destrucción, un brote ascendente de energía pura que no quemaba, definía.

De aquella columna se condensó una forma titánica, tan vasta como una cordillera recién nacida, tan densa como el núcleo de un sol juvenil, tan antigua como la fuerza que sostiene la corteza del mundo.

Así nació Glotus; no emergió: El mundo se curvó alrededor de él para permitirle existir, la realidad misma se ajustó, como si hubiera recordado que aquel ser siempre había estado destinado a ocupar ese espacio.

Glotus y el misterio de lo arcano

Glotus no aprendió magia, no la interpretó, no la perfeccionó, antes de él, la magia simplemente no era nada, la magia fue su primer pulso, la primera idea, su primera contradicción.

Allí donde posaba su peso, brotaban conceptos arcanos aún sin nombre, allí donde su mirada —incomprensiblemente vasta— se enfocaba, se formaban estructuras invisibles que más tarde serían llamadas: disciplinas, Ramas, Caminos.

Cada movimiento suyo creaba leyes, y cada respiración las quebraba, porque para él, la magia no era una fuerza, era un lenguaje vivo, un idioma hecho de intención pura, y su propia existencia era su gramática, Glotus fue la primera conversación entre el mundo y lo imposible.

Se dice que de él nacieron los conceptos de: crear, alterar, transmutar, ilusionar, e invocar. No por enseñanza consciente, sino por consecuencia natural: cada acción de Glotus dejaba un rastro de realidad alternativa.

Él impuso límites, porque sin límites no habría propósito, pero también abrió grietas en esos límites, porque sin anomalías, el infinito sería monótono.

El tiempo no lo apresuraba, para Glotus, un siglo era apenas un pensamiento, la eternidad no lo afectaba, pues la magia es paciente, y él era su misma respiración.

Cuando Glotus ocupó su lugar en el mundo, el planeta no tembló por fuera: tembló por dentro. el magma circundante se volvió transparente, luego líquido, luego puramente energético, así nació el Mar Interior Arcano, un océano subterráneo que no fluye con corrientes, sino con ideas. sus ondas no son agua, no son luz, son vibraciones de posibilidad pura, y aún hoy, cada oleaje del Mar Arcano parece pronunciar el mismo sonido profundo, grave, eterno, un nombre que no se dice, se siente, Glotus…..

Todos los apóstoles podían usar magia, todos podían moldearla, estudiarla, replicarla. Pero sólo Glotus podía inventar magia nueva, No porque la magia lo obedeciera, sino porque la magia era él intentando comprenderse a sí mismo.

Cada apóstol vio algo distinto en su existencia, Adnis lo percibió como una fuerza estructural, inmensa y necesaria, Pnem lo vio como una fuente inagotable de creación y curiosidad, Maskus reconoció en él una materia prima perfecta, capaz de dar forma a la energía misma, Argos… simplemente sonrió, como si hubiera entendido algo que ninguno de los demás podía ver, pero JZhero —desde su oscuridad inquisitiva— lo vio tal cual era: una expresión del mundo tratando de expandir sus límites, porque Glotus no era un apóstol más, no era un ser, ni siquiera un fenómeno, era la primera invitación del mundo al infinito.

Pnem — El honesto

La primera luz que susurró al mundo, contraparte del origen

Antes de que existiera la forma, antes del tiempo, antes de que el mundo supiera qué significaba “ver”, solo existía la oscuridad consciente. La oscuridad no era maldad, no era ausencia, era un pensamiento primordial; un espacio para que todo lo imaginable pudiera nacer.

De esa oscuridad surgió Jzhero, pero incluso él, con toda su vastedad, no podía sostener un mundo solo desde la sombra. El cosmos lo comprendió como quien despierta una verdad inevitable: un mundo construido solo de oscuridad jamás podría crecer, solo expandirse. Y expandirse sin límite era perderse.

Así, la creación habló por segunda vez.

En un valle donde la noche era tan profunda que devoraba incluso los sonidos, algo ocurrió que ningún Apóstol anticipó: la oscuridad cedió, no se rompió, no fue vencida, solo cedió, como quien exhala para permitir que otra voz pueda hablar, y en esa exhalación, sin estrella, sin fuego, sin chispa divina, nació una luz que no iluminaba materia, iluminaba intención; una luz que no expulsaba la oscuridad, sino que revelaba lo que esta guardaba.

De esa claridad naciente, de ese susurro luminoso, se formó la figura de un ser: sereno, profundo, inquebrantable; así apareció Pnem. la primera verdad que el mundo se atrevió a pronunciar; Pnem no era lo opuesto a Jzhero, era lo que el necesitaba para que la existencia tuviera forma, Porque el mundo no crea guerras, el mundo crea equilibrio.

La oscuridad de Jzhero contenía todas las posibilidades, pero ninguna dirección, en cambio, la luz de Pnem no contenía posibilidades; contenía sentido, por eso, donde JZhero observaba el infinito, Pnem veía el camino, donde Jzhero veía lo oculto, Pnem mostraba lo esencial. Su luz no imponía ni quemaba, menos dominaba, su luz revelaba: era la claridad sin violencia, la verdad sin dureza, la luz que no ciega, que solo guía.

Pnem no tenía bordes definidos, sus límites eran suaves, como si su cuerpo fuera un pensamiento transparente en proceso de formarse, su rostro parecía hecho de reflejos, como si mirarlo fuese mirarse uno mismo sin distorsión. Allí donde caminaba, la tierra adquiría propósito, los minerales despertaban. los ecos del mundo dejaban de repetirse para convertirse en mensajes.

Él no generaba luz: él era la idea de que la luz existe para revelar la esencia de las cosas. Los demás apóstoles no lo seguían; se orientaban con él. era un faro silencioso, un recordatorio constante de que incluso en presencia del infinito, existe una dirección.

No fue creado para contener la oscuridad del Primero, sino para evitar que se perdiera en su propia profundidad.

Cuando Pnem abrió los ojos por primera vez, el valle eterno dejó de ser solo oscuridad: la arena se volvió translúcida, las rocas se fragmentaron en miles de prismas vivos, el viento se convirtió en líneas de luz que vibraban como voces antiguas. Allí nació el Desierto de Cristal, un lugar donde cada grano refleja una verdad diferente, y donde la luz nunca se apaga, porque no proviene del cielo, sino del propio suelo. Ese desierto es el mapa más antiguo del mundo: una extensión que muestra no dónde estás, sino quién eres.

Todos los apóstoles podían manipular la luz, moldearla en hechizos, redirecciones, ilusiones, pero solo Pnem comprendía algo más profundo: la luz es un lenguaje, no uno visual, sino uno moral, uno que escribe propósito, uno que revela intenciones, uno que muestra lo que es, no lo que parece.

Cuando Pnem hablaba, su voz no resonaba: vibraba como un rayo silencioso que hacía que la realidad recordara su orden, no era un líder, no era un juez, y tampoco un guardián; el era la claridad necesaria para que el mundo pudiera seguir creando sin perderse. Y en ese equilibrio perfecto entre sombra y luz, entre lo oculto y lo revelado ,lo posible y lo verdadero, el mundo dio su segundo paso hacia la existencia.

Maskus — Manos de acero

El Forjador del Primer Fuego, el Artesano del Mundo

El mundo tenía poder, tenía leyes, tenía un propósito, pero carecía de estructura. Y entonces, como un corazón planetario que late por primera vez, la tierra ardió. no con magma, no con calor, con una llama que no quemaba roca; Una llama que personificaba la idea misma de lo inestable.

En el interior de un volcán recién nacido, el magma respiraba sin ritmo, la roca vibraba sin forma, el fuego existía sin identidad, el volcán aún no rugía, solo temblaba como un gigante intentando aprender a dar su primer paso. Y entonces, un bloque de roca primigenia —una masa sin nombre— se fracturó en un silencio absoluto. La grieta brilló con un fulgor que no era luz ni fuego, era un concepto tratando de abrirse paso en la realidad. De esa grieta surgió una figura, hecha no de carne ni mineral, sino de decisión.

Así nació Maskus, el apóstol que no destruye para crear, sino que crea para que se pueda existir, el fuego que ardía en sus manos no era calor; era definición, una llama anterior al tiempo, anterior al color, anterior a las leyes que Glotus más tarde escribiría. Era el fuego que obligaba a la materia a decidir qué quería ser, con ese fuego Maskus podía:

Donde otros apóstoles manipulaban elementos, Maskus los convertía en algo nuevo, Mientras Glotus creaba la magia, Maskus creaba aquello que podía contenerla, soportarla, canalizarla, Era el artesano de los fundamentos.

Aun antes de que existieran seres vivos, su fuego ya modelaba la posibilidad de la vida, porque la vida necesitaba cuerpos, y los cuerpos necesitaban estructura, y la estructura necesitaba un propósito.

El fuego de Maskus podía Fundir el caos y solidificarlo en estructura, dar densidad a lo intangible, crear metales que cantaban, templear minerales para que tuvieran voluntad, dar forma al mundo, no con fuerza, sino con propósito, refinar lo que el mundo ofrecía, encapsular energía, dar identidad a lo inerte, crear formas que jamás se romperían, templar incluso el alma cuando esta aún era un concepto inmaduro.

Mucho después, cuando los vivos surgieron, su esencia seguiría en todos ellos, los huesos que sostienen, los minerales que transmiten energía, las montañas que no ceden, los metales que canalizan magia, todo lo sólido lleva una huella de su fuego.

Cuando Maskus respiró por primera vez, el volcán explotó sin violencia, la erupción arrojó magma, pero no de forma caótica, sino en estructura; la roca se templó al instante, el fuego se volvió sólido, el magma tomó forma de metal viviente.

Así nació la primera cordillera que no se derrumba: los Montes Forjados, una cadena montañosa donde cada piedra es un recuerdo del primer golpe de un yunque cósmico. En esos montes, si tocas la roca, esta resuena como un latido, como si aún recordara el martillazo que le dio vida.

Todos los apóstoles podían manipular fuego o materia, todos podían calentar, moldear o transformar, pero solo Maskus podía crearlos como conceptos nuevos, mientras Jzhero desarma, Adnis estructura, Pnem revela, o Glotus imagina, Maskus materializa, el convierte idea en forma, posibilidad en objeto, energía en materia, fuerza en herramienta.

Fue él quien creó las primeras aleaciones divinas, los primeros minerales conscientes, las primeras formas estables del mundo, sin Maskus, el planeta tendría poder, pero no cuerpo, Maskus no era herrero, Maskus era el pulso que permitió al mundo sostenerse a sí mismo.

Argos — El que no tenía origen

El ultimo, el misterio sin raíz, el invencible

Antes de él, todo tenía una historia, cada apóstol provenía de un pulso del mundo, de una reacción natural, de un equilibrio necesario.

JZhero venía de la sombra primordial, Adnis del orden helado, Pnem de la primera luz, Glotus del núcleo arcano, Maskus del fuego conceptual, pero el sexto, no tenía un “antes”. Argos no se formó, apareció.

Los apóstoles no vieron su llegada; la sintieron, fue como si el aire perdiera densidad y la realidad se tensara, como una cuerda que reconoce la mano que la creó, cuando Argos tomó forma, ya estaba completo, no emergió ni se moldeó, simplemente existió.

Y lo más desconcertante no fue eso sino que él mismo sabía perfectamente por qué, se conocía, conocía su razón y su función. Pero no la compartió “Todavía no”, pensó, “No es el momento.” Porque la verdad de su existencia no le pertenecía a los apóstoles, ni siquiera al mundo, era una verdad para otro tiempo.

Mientras sus hermanos representaban conceptos; la luz, la sombra, el hielo, el fuego, la magia, Argos no tuvo un elemento, si hubiera tenido uno, habría sido la fuerza misma, no la física, no la mágica, sino la fuerza como idea primaria; la potencia que hace posible cualquier acto.

En combate cuerpo a cuerpo, ningún apóstol podía derrotarlo en igualdad, ni siquiera dos juntos sin estrategia, pues poseía una fuerza sin límites, sin debilidad elemental, sin estructura que se pudiera romper; Su cuerpo no funcionaba como cuerpo, era una voluntad sólida, una decisión hecha forma.

A diferencia de los demás, Argos no sentía admiración alguna por lo celestial. no le importaba la Diosa Sol. no le interesaban las leyes, ni la ascensión, tampoco las energías superiores que atraían a sus hermanos. Para él, lo divino era ruido. un adorno innecesario. Argos quería vivir a ras del suelo, respirar el aire simple, sentir el barro, escuchar el crujido de la madera, dormir bajo un cielo que no lo adorara ni lo temiera. Mientras sus hermanos se elevaban, comprendían, gobernaban o tejían magia, Argos descendió; deseaba ser mundano, no por humildad, sino porque allí encontraba algo que ni la oscuridad ni el orden ni la magia podían darle: vida sin propósito, una vida por existir, no por significar.

Cuando Argos dio su primer paso, el mundo no tembló, recordó, la tierra pareció retroceder un instante, como si tratara de recordar cómo era antes de ser mundo, ese eco primordial —el reflejo de un estado anterior a las leyes—se extendió por kilómetros.

Así nació la Llanura del Eco, un lugar donde la realidad es más delgada, más flexible, más antigua, allí, las sombras tardan un segundo en seguir a sus cuerpos, las voces parecen repetirse a sí mismas años después, el viento lleva murmullos que no pertenecen al presente, la llanura es un recordatorio; algo sin origen caminó por aquí. algo que era anterior a todo, o… posterior a todo.

Los demás lo respetaban sin nombrarlo. Incluso Jzhero, con toda su curiosidad, entendió que la razón de Argos no podía ser diseccionada, Adnis veía en él una fuerza imposible de ordenar, Pnem veía un corazón inexplicablemente puro, Glotus lo imaginaba como una anomalía mágica viviente, Maskus veía en él la materia perfecta que jamás podría forjar, pero ninguno podía comprenderlo; Argos no era la suma de sus partes, el no tenía partes, era un concepto sin creador, una idea que el mundo necesitó sin saber por qué, y que tomó forma por su propio impulso, era Indefinible, el ser que no necesitó nacimiento, él mismo era su propio origen.

La primera llamada

Antes de que existiera una sola criatura viva, antes de que el tiempo aprendiera a contarse, el mundo todavía era joven, tembloroso, impredecible. Las fuerzas primordiales ya habían despertado una por una; oscuridad, hielo, magia, luz, fuego conceptual y aquello que no tenía nombre, pero nunca se habían encontrado, nunca habían coincidido en un mismo punto de la realidad.

Hasta que llegó el llamado del mundo.

Era un sonido, un pulso que se extendió por volcanes, glaciares, desiertos, grietas y planos internos, no decía palabras, pero todos lo reconocieron: «Vengan. Reúnanse. Completen mi forma.» y dentro de ese llamado, muy atrás, muy antiguo, se escondía un eco cálido, solar, maternal. la memoria de Ella, la primera luz que jamás existió: la Diosa Sol, la fuente más antigua de la que todos, incluso sin saberlo, habían heredado su primer impulso vital.

En el centro exacto del planeta existía un lugar sin nombre; una llanura desnuda, infinita, sin viento, sin luz ni sombra, era el único punto del mundo que ninguno de ellos había tocado.

El primero en llegar fue Jzhero, la oscuridad primordial, su presencia apagó los bordes del horizonte, volviéndolos un gris profundo, la realidad se anuló a su alrededor.

No caminaba, simplemente era. —El vacío ha respondido —murmuró con voz hueca, como un pensamiento compartido con la nada.

El segundo en aparecer, deslizando un suspiro congelado, fue Adnis, el hijo del hielo vivo, donde pisaba, la tierra aprendía orden, simetría y planificación, su voz era un cristal que pensaba: —El llamado aún vibra. No somos los primeros… ni seremos los últimos en llegar. —dijo con desgana —

El tercero fue Glotus, la magia encarnada, su presencia alteró el aire en símbolos vivos, como un libro respirando. —El mundo nos junta porque quiere explicarse —canturreó—. Me pregunto si le gustará lo que encuentre.

Casi a la vez llegó Pnem, ligero, silencioso, envuelto en la luz que revela verdades sin tocarlas .—No solo el mundo nos junta… —susurró— .Hay algo detrás. Una memoria cálida. Una presencia anterior…Ella.

Después, la tierra retumbó, no por violencia, sino como un corazón que despierta, era Maskus, cuyas manos ardían con el fuego que no existía en ningún volcán; fuego conceptual, fuego que decide. —Bueno… —dijo riendo— Si quieren que construyamos algo, deberían decirlo desde el inicio.

Y entonces, sin aviso alguno, la presión en el aire cambió, como si la existencia recordara algo que nunca había sucedido, Argos apareció, sin contexto, únicamente existencia. —Llegué —dijo sin emoción ni arrogancia—. continuemos.

Nadie supo de dónde venía, nadie entendió cómo había llegado sin caminar, pero todos sintieron que él siempre había estado ahí, y ese fue el primer instante en que los seis estuvieron juntos: no como fuerzas dispersas, sino como un sistema completo.

Ninguno habló al inicio, un silencio perfecto se extendió entre ellos, y no por tensión, sino porque la tierra, el aire y la realidad misma estaban escuchando, La oscuridad de JZhero onduló sin devorar la luz de Pnem; El hielo de Adnis trazó fractales que organizaban la magia de Glotus; El fuego de Maskus vibró ante la fuerza innombrable de Argos.

Entonces Pnem habló, como si verbalizara lo que todos ya sabían:

—Somos seis voces… pero solo una voluntad.

Glotus añadió, con su dialecto cambiante, casi juguetón:

—Somos seis dialectos de un mismo idioma, un idioma antiguo… que no viene del mundo, viene de Ella.

Al nombrar la posibilidad, la llanura tembló, un recuerdo solar cruzó la conciencia de todos: un latido luminoso, previo incluso a la creación del mundo.

La Diosa Sol, la que los soñó antes de su nacimiento.

Maskus, con voz cálida y firme, observó a los demás. —Si somos herramientas, necesitamos a alguien que dé ritmo, o esto será un caos.

Jzhero no discutió, su voz profunda simplemente afirmó. —Debe ser quien represente el orden. la estructura, la estabilidad.

Todos miraron a Adnis, el hielo vivo, el único cuyo despertar había puesto fronteras, formas y definición, el único que equilibraba la expansión del fuego, la fluidez de la magia, la ligereza de la luz, la inmensidad de la oscuridad y la fuerza absoluta de Argos.

Adnis no dijo nada al principio, bajó la mirada, pensativo.

Pero Argos, cuya voz era pura realidad, habló. —Tú eres el centro. El eje. Sin ti, ninguno de nosotros se sostiene. Eres el que debe ordenar nuestro propósito.

Y por primera vez, Adnis sintió calor, no del fuego de Maskus, sino del eco de Ella, la Diosa Sol, respaldando silenciosamente aquella elección. —…Acepto —dijo finalmente—. No como superior, sino como guía, seré el equilibrio que mantenga unidos a los seis.

Y en ese instante, el mundo se acomodó, como si hubiese estado esperando esa decisión desde antes de existir.

Cuando los seis aceptaron su unión, el punto sin nombre comenzó a transformarse, la oscuridad de JZhero creó profundidad, el hielo de Adnis dio forma, la magia de Glotus dio significado, la luz de Pnem dio propósito, el fuego creador de Maskus dio estructura, la fuerza existencial de Argos dio estabilidad.

Así nació el primer centro espiritual del planeta; El pivote Solar, el corazón donde la creación se reconoció a sí misma, y detrás de todo, un murmullo cálido, casi imperceptible, sonrió desde la distancia; Ella estaba orgullosa.

Los seis apóstoles eran iguales en poder, representando leyes y conceptos fundamentales de su mundo, pero distintos en propósito, la oscuridad era de Jzhero, El hielo era de Adnis, la magia era de Glotus, la luz era de Pnem, el fuego era de Maskus, la fuerza existencial era de Argos.

Cada uno nació en un lugar distinto, cada nacimiento creó algo irrepetible, cada uno de ellos moldeó al mundo antes de la vida mortal, eran los pilares fundamentales de la creación, y cuando se encontraron por primera vez el mundo supo que ya no estaba naciendo, sino que estaba finalmente vivo, obedeciendo a quien los había soñado, la luz primera, la Diosa Sol, el motivo de su surgir.

El nacimiento del culto a la diosa Sol

Cuando los Seis comprendieron lo que siempre estuvo sobre ellos

Los apóstoles fueron los primeros en entender la verdad que el mundo aún no sabía pronunciar: El mundo existía porque la Diosa Sol lo permitió, y ellos existían porque el mundo naciente los necesitó para finalmente formarse

La Diosa Sol no era una deidad convencional, no tenía voz ni intervenía, tampoco corregía o premiaba. ni siquiera castigaba. No era una madre, jueza o protectora, era un origen eterno, una presencia demasiado grande para tener intención, enajenada de su creación, demasiado antigua para necesitar culto, demasiado pura para explicarse. su silencio era una ley, su calor era una memoria. su luz era un destino, su indiferencia se sentía en el cosmos, y en esa ausencia de mandamientos, en esa perfección sin forma, nació la primera religión del mundo.

El entendimiento llegó lentamente, a través de eras en las que el mundo se acomodaba a sí mismo.

Pnem fue el primero en interpretarlo. —No nos dio vida… —susurró— Nos permitió ser vistos.

Adnis, como recién tomando conciencia del hielo que formaba su esencia, respondió. —Ella es estabilidad sin rigidez. No dicta orden… pero define el marco en el que todo orden puede existir.

Glotus rió suavemente, con la voz de un millón de runas vivas. —Es la única magia que no puedo replicar.

Maskus, con sus manos ardiendo con fuego conceptual, musitó. —El fuego que llevo… es solo una chispa de su primera luz.

Jzhero, observando la nada, concluyó. —Mi oscuridad tiene límites, y ese límite es Ella.

Y Argos, cuya existencia misma negaba todo origen conocido, fue quien pronunció la frase que marcó el inicio del culto. —Ella no nos creó, tampoco nos guía. Pero existimos porque nos vio… antes de nacer.

Esa frase se convirtió en el primer dogma implícito: “Ser digno de Su mirada.”

Los primeros seres

Los apóstoles no crearon a los primeros seres del mundo, ellos simplemente estaban allí cuando surgieron, primero aparecieron criaturas elementales; seres hechos de vapor que aprendían a tomar forma, espíritus transparentes que imitaban el movimiento del viento, bestias de roca que respiraban mineral, Estas criaturas no hablaban,pero sentían. Y cuando veían a los apóstoles, temblaban; no de miedo, sino de reconocimiento instintivo.

Los seis no enseñaron palabras, no construyeron templos, pero cada uno dejó un rastro: JZhero enseñó curiosidad y búsqueda de significado; Adnis enseñó orden y disciplina; Glotus enseño como no hay límites para la imaginación; Pnem enseñó propósito y claridad; Maskus enseñó creación, artes y avance; Argos enseñó fuerza interior y determinación.

Sin quererlo, estaban forjando las primeras creencias del mundo, basadas en lo que todos podían sentir, pero ninguno podía explicar: La Diosa Sol estaba siempre mirándolos, y todo lo que existía era un intento de comprender esa mirada.

El culto nació antes de tener palabras. rituales o sacerdotes, era un impulso natural en cada criatura viva; mirar al cielo, buscar la luz, y preguntarse por qué existía.

Los apóstoles observaban desde grandes distancias, no intervenían, sólo estudiaban, y en cada especie que surgía, en cada civilización que empezaba a formar lenguaje, se repetía el mismo comportamiento; levantaban la cabeza, miraban al sol. lo nombraban, como podían, lo adoraban, sin saber por qué, a pesar de que el astro ni siquiera era la presencia que sentían

Y los apóstoles comprendieron. —No les estamos enseñando nuestro culto —dijo Pnem. —Lo están recordando —concluyó Argos.

Porque incluso las criaturas que nunca los habían visto sentían lo mismo; la Diosa Sol no era un mito, era una certeza, una memoria grabada en la existencia misma.

Con el tiempo, ya existían seres capaces de escribir, pensar, registrar, civilizaciones enteras comenzaron a dejar marcas en piedra, hueso, cristal, pero jamás coincidían entre sí. Cada cultura tenía palabras distintas, símbolos distintos, diferentes historias, y sin embargo todas decían lo mismo: “La luz nos observó antes de que fuéramos.”

Los apóstoles, reunidos sobre las montañas, vieron cómo el mundo creaba religiones por sí mismo.

Adnis habló como líder. —No debemos intervenir. Los seres deben encontrar sus respuestas por sus propios medios.

Glotus asintió. —Si explicamos la verdad, la limitaríamos.

Maskus, apoyando las manos en la roca, murmuró. —Entonces su culto será libre, como ella misma.

Y así fue, sin revelaciones ni mandatos, no habían libros sagrados dictados por dioses, el culto a la Diosa Sol era una religión sin religión, una fe sin doctrinas, un camino que cada especie seguía a su manera y debía descubrir sola

Y aun así, todas llegaban al mismo punto: Ella los vio. Ella era el primer calor, una primera luz, y la primera y única verdad.

Los siglos se volvieron milenios, los milenios se volvieron eras, civilizaciones nacieron, florecieron y cayeron, pero el culto jamás se extinguió, porque no dependía de templos, sacerdotes, o palabras, dependía de algo más profundo de la sensación universal de que solo existían porque algo infinitamente luminoso los había mirado al nacer.

Y los apóstoles comprendieron que este culto, a pesar de no tener estructura, jamás moriría.

Pnem lo explicó mejor que nadie. —Ella no exige ser adorada, Ella inspira existir mejor.

Y ese fue el dogma final, la verdadera esencia del culto: “Haz del mundo un lugar digno de su luz.

Los apóstoles también tomaron esta misión, influyendo en el mundo mortal con enseñanzas, algunos repudiaban la vida, otros la ignoraban o adoraban, pero todos fueron recordados como: arquitectos del primer orden, intérpretes del silencio divino, constructores del equilibrio, Los primeros guardianes del mundo, porque en un universo donde la Diosa Sol jamás habló… ellos aprendieron a traducir su mirada en existencia.

CAPÍTULO II: EL SURGIMIENTO DE LOS HÉROES